¿Vale la pena copiar a México? El espejo dónde mirarnos para no perdernos.

¿Recuerda usted a Demetrio? El de los anuncios de Alka-Seltzer de los años ochenta, que después de una noche de excesos llegaba a casa con malestar. Pues cuando Demetrio quiso comprarse su Corolla en el año 2000, necesitaba reunir veintisiete meses de sueldo para pagarlo. Ese mismo año, un Demetrio en Guadalajara necesitaba apenas doce. El mexicano promedio podía comprar casi el doble de cosas que el guatemalteco promedio. México parecía entonces el espejo del desarrollo al que aspirábamos parecernos.

Veinticuatro años después, algo cambió. El hijo del Demetrio guatemalteco hoy necesita diecinueve meses para el mismo Corolla. El de Guadalajara sigue necesitando once. La brecha se cerró. Uno podría pensar que Guatemala finalmente comenzó a alcanzar a México. Pero la historia detrás de esa convergencia debería preocuparnos más de lo que celebramos.

No es que Guatemala se haya transformado en una economía dinámica. Es que México dejó de crecer. Y lo más grave es que estamos comenzando a copiar exactamente el modelo que produjo ese estancamiento. Como Demetrio antes del malestar, seguimos acumulando excesos sin sentir todavía las consecuencias. Todavía no hemos pedido el Alka-Seltzer.

Los datos del Banco Mundial no dejan espacio a lecturas benévolas. Entre 2000 y 2024, el PIB por persona de México prácticamente no creció. Bajo Fox avanzó apenas 0.40% anual. Con Calderón, el mexicano promedio incluso retrocedió en términos reales. Con Peña Nieto volvió a crecer lentamente. Y con López Obrador, el crecimiento volvió casi a desaparecer. Cuatro presidentes. Veinticuatro años. Después de todo ese tiempo, el mexicano promedio gana hoy apenas 734 dólares reales más al año que en el 2000. En términos de desarrollo y cambio de vida para la mayoría de sus ciudadanos, eso no cambia nada.

¿Cómo termina estancado un país con frontera con Estados Unidos, acceso preferencial al mayor mercado del planeta y una de las plataformas exportadoras más grandes de América Latina? La respuesta está en el modelo. México expandió el tamaño del Estado sin lograr aumentar la productividad de su economía. El gasto público pasó de 19% del PIB en 2000 a casi 29% en 2022. La deuda subió de 38% a 53%. Mientras tanto, la inversión privada quedó atrapada entre inseguridad jurídica, monopolios protegidos, corrupción burocrática y el avance del narco. El resultado es un país que gasta cada vez más, pero produce muy poco crecimiento adicional para sus ciudadanos. México logró aumentar el tamaño del Estado sin aumentar el tamaño de las oportunidades.

Guatemala mira ese espejo y todavía cree que la historia terminará distinto. Muchas de nuestras autoridades celebran que ya nos acercamos al poder adquisitivo mexicano. El país crece cerca del 4% anual, algo que parece extraordinario frente a la Europa estancada de hoy. Pero ese crecimiento tiene una trampa: es crecimiento del PIB total, no de prosperidad real por persona. Con una población creciendo cerca del 2% anual, el avance real del guatemalteco promedio fue apenas de 1.53%. Y lo más preocupante es que ese crecimiento descansa sobre una base que se parece demasiado a lo que terminó frenando a México.

Guatemala ya no crece principalmente produciendo. Crece consumiendo. El 92% del PIB depende del consumo de los hogares. En México, ese número es 66%. Pero hay una diferencia todavía más importante: buena parte del consumo guatemalteco no está sostenido por productividad interna, sino por remesas familiares. Solo en 2025, Guatemala recibió US$25,530 millones en remesas, cerca del 24% del PIB. Mientras tanto, las exportaciones de bienes y servicios representan apenas el 16%. Dicho de otra manera: la economía guatemalteca no crece porque produce más. Crece porque nuestros migrantes mandan más.

México, pese a su estancamiento, todavía mantiene una estructura económica basada en producción y exportación. Exporta e importa en proporciones similares, lo que significa que financia buena parte de su consumo con lo que produce. Guatemala no. Importa el doble de lo que exporta y cubre esa diferencia con el dinero que envían quienes se fueron. Eso no es un modelo sostenible de desarrollo. Es una renta migratoria disfrazada de crecimiento. Y tarde o temprano, ese disfraz se rompe.

El deterioro lleva más de una década construyéndose sin hacer ruido. En 2010, las exportaciones guatemaltecas representaban el 26% del PIB. Para 2024 habían caído al 16%. Diez puntos perdidos en apenas catorce años sin siquiera percibirlo como una emergencia nacional. La inversión productiva tampoco logra despegar. Guatemala apenas ronda niveles cercanos al 18% del PIB, muy por debajo del umbral que normalmente permite acelerar el crecimiento, reducir pobreza y construir capacidad económica sostenible. El país no alcanza ese nivel desde que existen registros comparables. Peor aún: en los últimos años, la inversión real incluso comenzó a retroceder. Guatemala consume como una economía rica, pero invierte como una economía jubilada.

Mientras tanto, Guatemala comienza a recorrer la misma ruta que terminó estancando a México. El gasto público subió al 16% del PIB en 2025. El déficit fiscal alcanzó 3.9% y, según el Fondo Monetario Internacional, se mantendrá cerca del 4% en los próximos años. La deuda pública, que representaba 20.6% del PIB en 2000, podría alcanzar 34.4% en 2027. No son cifras de crisis, todavía. Pero sí señales claras de una trayectoria conocida: más Estado, más déficit y más deuda, sin que eso se traduzca en más inversión productiva ni en mayores exportaciones. Basta ver el estado de las carreteras, los hospitales, los puertos o los aeropuertos. Guatemala está copiando el vicio mexicano sin haber construido antes su virtud.

México, pese a todos sus errores, logró construir una base industrial exportadora real, aunque limitada por monopolios, dependencia de Estados Unidos y baja competencia interna. Guatemala ni siquiera ha llegado a eso. Hoy aumenta gasto y déficit sobre una economía cuya verdadera columna vertebral es el dinero que envían quienes tuvieron que irse.

Pero el espejo más doloroso no está en México. Está en países que hace veinticuatro años eran más pobres que nosotros. En el año 2000, Armenia tenía un PIB por persona muy inferior al guatemalteco. Hoy ya nos superó. Georgia también. Ambos países transformaron economías que parecían atrapadas en el atraso postsoviético mientras Guatemala seguía dependiendo cada vez más del consumo y las remesas. El contraste se vuelve todavía más evidente en la vida cotidiana: en el año 2000, un georgiano promedio necesitaba cuarenta y dos meses de ingreso para comprar el mismo Corolla que Demetrio adquiría en veintisiete. Hoy necesita apenas diez salarios.

¿Qué hicieron Armenia y Georgia? Cambiaron el modelo. Redujeron impuestos, abrieron espacio a la inversión privada, combatieron agresivamente la corrupción estatal y eliminaron barreras que frenaban la actividad económica. Georgia, después de 2004, ejecutó una de las reformas anticorrupción más profundas del mundo postsoviético. El resultado no fue un milagro. Fue la consecuencia lógica de crear un entorno donde producir, invertir y emprender volviera a ser atractivo.

El fenómeno no ocurrió solo en Europa del Este y el Cáucaso. Panamá apostó por convertirse en el hub logístico y financiero del hemisferio — y pasó de 6,856 dólares por persona en 2000 a 17,123 en 2024. Costa Rica eligió la manufactura médica de precisión y las zonas francas, y triplicó la brecha que la separa de Guatemala. República Dominicana, que en 2000 era apenas 30% más rica que nosotros, hoy lo es 110% — sostenida por una inversión que supera el 28% de su PIB, el umbral que Guatemala nunca ha alcanzado. Ninguno esperó las condiciones perfectas. Todos tomaron una decisión de modelo antes de tener todos los recursos para ejecutarla. Las remesas pueden aliviar el presente. Pero no construyen un futuro distinto.

El problema no es que lleguen remesas. El problema es que han terminado sustituyendo una estrategia de desarrollo. Hoy financian buena parte del consumo que sostiene el crecimiento económico y, al mismo tiempo, generan la tranquilidad política suficiente para evitar reformas de fondo. Es un círculo que funciona mientras las remesas continúen creciendo. Pero dependen de factores que Guatemala no controla: la política migratoria estadounidense, la salud de la economía norteamericana y la voluntad de las nuevas generaciones de migrantes para seguir enviando dinero a casa. Cuando alguna de esas variables cambie —y tarde o temprano cambiará— quedará expuesta la fragilidad del modelo. Y si para entonces Guatemala no ha construido más exportaciones ni más inversión productiva, el crecimiento comenzará a quedarse sin soporte real.

Demetrio todavía alcanzó a corregir a tiempo. Su hijo redujo los excesos y logró comprar el Corolla en diecinueve meses en lugar de veintisiete. Pero si Guatemala continúa expandiendo gasto, postergando reformas y celebrando el crecimiento sostenido por remesas como si fuera una estrategia de desarrollo, el nieto de Demetrio podría descubrir que el auto volvió a quedar fuera de su alcance.

No porque el mundo haya cambiado. Sino porque Guatemala ha decidido imitar lo que no funciona y llamarlo progreso.

Y para ese malestar, el Alka-Seltzer ya no va a alcanzar.

Ramiro Bolaños, PhD. Presidente del Centro de Pensamiento y Acción: Factoría Libertatis

Referencias

  • Banco Mundial. GDP per capita, PPP (constant 2017 international $) y Gross fixed capital formation (% of GDP) y Exports of goods and services (% of GDP). World Development Indicators, 2024. https://data.worldbank.org [Consultado el 09 de mayo de 2026]
  • Banco de Guatemala. Ingreso de Divisas por Remesas Familiares 2002–2026. Departamento de Estadísticas Macroeconómicas, 2026. https://banguat.gob.gt [Consultado el 09 de mayo de 2026]
  • Fondo Monetario Internacional. Public Finances in Modern History Database, versión 2025. Proyecciones fiscales Guatemala 2025–2027. https://www.imf.org [Consultado el 09 de mayo de 2026]
  • Ministerio de Economía de Guatemala. Informe Económico Semanal, Edición XIV, Año VII, 30 de marzo de 2026. Dirección de Análisis Económico. https://www.mineco.gob.gt [Consultado el 09 de mayo de 2026]

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Dr. Ramiro Bolaños

Doctor en Investigación Social de la Universidad Panamericana de Guatemala, obtenido con honores summa cum laude. Además, posee un Máster en Investigación de Operaciones de la Universidad Francisco Marroquín, con distinción magna cum laude, y es ingeniero civil por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente, es CEO de Improvement & Progress, S.A., empresa especializada en soluciones de inteligencia artificial y humana.

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